Cuando un actor «entra en personaje», se conduce con una espontaneidad ajena, borrando todo rasgo de impostura: no actúa como Hamlet, es Hamlet; se vacía en favor del papel que representa; en cambio, la celebridad construye un artificio. Cada prenda que compra, cada frase que tuitea, cada foto que sube a las redes aumenta su capital simbólico.