En las fotografías de mi infancia aparecen personas que ni mi hermano ni yo reconocemos, caras parecidas a las nuestras que, sin embargo, no significan nada para mí. Pero no aparece Francis. ¿Cómo es posible que a mi madre, obsesionada con la cámara fotográfica, no se le haya ocurrido tomarnos una foto juntas durante las infinitas tardes de recoger piedras y clasificar bichos, que no haya pensado que esos momentos ameritaban ser capturados? O quizá lo hizo y luego recortó su silueta y la tiró a la basura como si nada, junto con los pedazos del padre de sus hijos y de esa examiga suya a la que se refería como doña Judas.
Si mi madre recordara dónde guardó los álbumes, examinaría cada imagen en busca de su chongo perfecto, un pedazo de delantal captado por accidente. Me bastaría con su rostro en segundo plano, un brazo a lo lejos, para imaginar el cuerpo recortado del encuadre.
Pero no. A veces tengo la sensación de haber hecho el pacto colectivo de olvidarla.
¿Con qué se ataba el cabello? ¿Tenía rutinas, ideas fijas, era zurda? ¿Cruzaba las piernas al sentarse? ¿Se bañaba por la mañana o por la noche, a qué olía su jabón? Si había demasiada cola en la tiendita, ¿esperaba o prefería volver después? ¿Usaba guantes para lavar los trastes, como mi madre, o prefería no hacerlo, como yo? Y lo más importante: ¿habría sido capaz de hacerle daño a Troika? No recuerdo si le gustaba la lluvia, si era afinada al cantar, si tenía