Nuestra vida, a partir de ese momento, ha transcurrido apacible.
Todo lo apacible que puede ser.
Ero no es más mi amante.
Ahora soy su amigo, y su más preciado consejero. El único que se atreve a decirle a los oídos –y a veces incluso en voz alta– sus errores.
No ha vuelto a llamarme más como antes: Yay, pequeño Yay, amado Yay.
Yo continúo diciéndole Ero, sin incorporar a su nombre otros títulos innecesarios. Él me deja por el recuerdo dormido de todo lo que fuimos y lo que intentamos amar.
Ni yo solipdista.
Ni él rey.
Hemos envejecido juntos.