Los caballos
no iban a vivir tanto tiempo.
Pero encontraron ofrendas en el sueño
de los muertos.
Allí pastan, beben agua y, a veces,
se acercan
a las manos cubiertas en panela
que se abren como flores dulces a su alrededor.
Doblan el cuello y reciben la ternura
que también debió extinguirse
hace tiempo.