nunca llego a llorar, no soy de lágrima fácil, pero sí me refugio unos minutos en el aseo: me siento sobre la tapa de la cisterna y subo los pies a la taza, apoyo la cabeza en las rodillas y cierro los ojos, cuento hasta diez o hasta ciento veinte y regreso a mi puesto. Ahora llamo con los nudillos a la puerta tras la que intenta ocultarse el llanto.
–¿Estás bien? –pregunto.