Mercedes Monmany

Цитаты

cristinafortizцитируетв прошлом году
Ingeborg Bachmann: Un sadismo de la vida privada
Pabloцитирует5 месяцев назад
El gran escritor húngaro Sándor Márai dirá en sus Napló 1984-1989 (Diarios 1984-1989), con los que iniciaría el largo extrañamiento de su patria:

En la literatura del exilio, no sólo en la húngara, sino también en la antigua, en la clásica, se observa una carencia: la confesión sincera del emigrante que ha vuelto a casa. Tal vez halle un país, una ciudad, un refugio, pero nunca encontrará aquello por lo que un día decide regresar: el ambiente del hogar que lo vio nacer. Anda asfixiado en un lugar extranjero que se ha vuelto muy familiar, no puede respirar. El exiliado que no regresa a su hogar se convierte en una figura grotesca, en un santo estilita que se acuclilla en lo alto y espera que los cuervos le traigan la comida.
Pabloцитирует5 месяцев назад
Unas páginas que revelan con toda su desnuda y cruda verosimilitud aquel vergonzoso y transformista período de la posguerra, con el espectáculo impúdico de la corrupción, de las luchas por el poder y los intentos desesperados por satisfacer miserablemente a los «nuevos dueños» de la situación, con el objetivo de escalar puestos en la frenética, caótica y rapaz etapa que llega tras el fin de las contiendas. También la aparición de esos «pactos cínicos de sobrevivencia» que muchos acabarán aceptando. Dirá Márai:

En aquellos momentos, aún intentaba regatear. ¿Abandonarlo todo? ¿La lengua, la literatura húngara? ¿La solidaridad extraña e inconcebible pero real de la comunidad lingüística? ¿Qué ocurriría si intentase quedarme? En la guerra y el amor todo está permitido: ¿qué pasaría si me disfrazara, si comprara con engaño y disimulada conformidad, la posibilidad de la soledad, del retiro, del silencio? Incluso en los regímenes dictatoriales más duros existe esa posibilidad. El terror es peligroso porque tiene miedo. Si ve que se le teme, a veces acepta el regateo. Algunos compañeros de viaje de los comunistas que sentían la necesidad de que otros también se comprometiesen trataban de convencerme con buenas palabras de que incluso en la Unión Soviética existían excepciones, de que tampoco allí habían liquidado a todos los qu
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