pero nadie contaba los días, nadie, ni siquiera el propio artista sabía lo mucho que ya había rendido y su corazón se entristeció. Y si alguna vez, durante todo ese tiempo, alguien ocioso se detenía ante él, burlándose de aquella antigua cifra y hablando de timo, no se trataba, en realidad, más que de la mentira más estúpida que podían inventar la indiferencia y la perversidad innatas, porque no era el artista del hambre quien engañaba, él trabajaba honestamente, y era el mundo el que lo estafaba a él en lo que merecía como recompensa.