El pobre hombre creyó que estaba enferma y fue a verla. Emma se sintió satisfecha de haber llegado al primer intento a ese raro ideal de las existencias pálidas, a donde jamás llegan los corazones mediocres. Se dejó, pues, llevar por los meandros lamartinianos, escuchó las arpas sobre los lagos, todos los cantos de cisnes moribundos, todas las caídas de las hojas, las vírgenes puras que suben al cielo y la voz del Padre Eterno resonando en los valles.
Se cansó de ello y, no queriendo reconocerlo, continuó por hábito, después por vanidad, y finalmente se vio sorprendida de sentirse sosegada y sin más tristeza en el corazón que arrugas en su frente.