No tanto gracias a su suerte como a la buena voluntad de su suegro, Bird pudo conseguir, a su edad, un puesto de profesor en una academia preuniversitaria. Estimaba al anciano y le temía reverencialmente. Nunca había conocido a una persona mayor tan noble como su suegro. No quería volver a decepcionarlo.
Bird se casó en mayo, a la edad de veinticinco años, y durante ese primer verano permaneció borracho cuatro semanas seguidas. De pronto, como un Robinson Crusoe embrutecido, había comenzado a ir a la deriva por un mar de alcohol. Descuidó sus obligaciones como licenciado, su trabajo, sus estudios de posgrado. Lo abandonó todo sin pensar, y pasaba el día entero, e incluso hasta bastante tarde por la noche, sentado en la cocina de su departamento, a oscuras, escuchando música y bebiendo whisky. Ahora recordaba esos terribles días y le parecía que, a excepción de escuchar música, beber y sumirse en un sueño alcoholizado, no había realizado ninguna actividad propia de un ser humano. Cuatro semanas más tarde, Bird se recuperó de una dolorosa borrachera de setecientas horas y descubrió en sí mismo, desgraciadamente sobrio, la desolación de una ciudad destrozada por la guerra. Era como un débil mental al que solo le quedara una mínima oportunidad de recuperarse, pero tenía que volver a ordenarlo todo, no solo a sí mismo sino también sus relaciones con el mundo exterior. Dejó los seminarios universitarios y pidió ayuda a su suegro para conseguir un puesto de profesor. Ahora, dos años después, su esposa estaba a punto de tener su primer hijo. Si llegaba a presentarse en el hospital tras envenenar nuevamente su sangre con alcohol, su suegra huiría de allí presa de una histeria frenética, llevándose consigo a su hija y a su nieto.