Recuerdo sobre todo la ocasión en que Estefanía se disfrazó de grumete efebo con el pelo recogido bajo una gorra de marinero de agua dulce, se acostó bocabajo en la cama, se quitó los pantalones acampanados y me ofreció sus nalgas y yo, después de ponerme una barba postiza color jengibre que me encontré en un supermercado, me saqué por la bragueta un miembro tatuado con recuerdos de Constantinopla, le unté crema de pepinos de Richard Hudnut, y cogiendo con mis dos manos sus dos nalgas, esas nalgas de mi prima inmensamente redondas y frutales como las dos mitades polares de un mapamundi y que sabían apretar al ritmo de los placeres solitarios de la infancia, la penetré por el ano con todo el largor de mi miembro, y la atenacé por la cadera para moverla yo mismo al compás de mis espasmos, hasta hacerla destrozar de placer y de rabia los bordados de la almohada, hasta que le escurrieron de la boca hilos de seda roja y ardiente y pateó y lloriqueó: ¡Oh Capitán, mi Capitán!, y cuando al fin lancé mi chorro de esperma a las profundidades doradas de su intestino y saqué el miembro, empequeñecido y con los tatuajes marchitos, ella misma lo limpió con un clínex, porque a pesar de que se había puesto, la ingenua, una lavativa de agua de rosas para limpiar el recto de heces, mi pobre Mutinus Tutunus estaba bañado por una mezcla amarillenta y pegajosa como mermelada de mierda y piña.