Pero, acto seguido, alzó las cejas y miró a Norte, y con un movimiento rápido le dio el arma.
—Ya no eres mi aprendiz —dijo Ombric con una calidez que Norte solo había oído cuando el hechicero se dirigía a Katherine—. Has aprendido todas las lecciones que podía enseñarte y te lo has ganado.
Norte estaba estupefacto. Y, por primera vez en su vida, se sentía completamente inseguro.
—Ombric… No estoy listo ni lo merezco. Tú has esperado toda la vida…
—Ombric tiene razón —le interrumpió Katherine en voz baja.
Norte la miró, buscando algo en su joven y valiente rostro. Ella siempre sabía lo que le convenía. A su manera, puede que sea más sabia que Ombric, pensó.
Así pues, Norte tomó la espada. Al empuñarla, sintió una oleada de emociones, pero también una extraña calma, la certeza de tener un propósito, la sensación de pertenecer a algo que antes no sabía que existía, como si tuviese toda la vida por delante y ya supiese cómo iba a ser. Sería como el sueño de Katherine.
Alzó la mirada hacia la imagen del Hombre de la Luna, que esperaba una respuesta.
—Prometo que la usaré sabia y correctamente —dijo Norte—. Ahora y siempre.