El aire húmedo de abril flotaba por el barrio de Vesterbro, a pesar de que la lluvia, pertinaz desde las últimas horas de la tarde, había cesado ya. En la calle Skelbækgade, las sirenas y barreras de la policía habían ahuyentado a la mayoría de los viandantes. Solo quedaba un puñado de curiosos observando y comentando las labores de los agentes.
Sentado en las escaleras del café Høker, un borracho solitario se desentendía de la abundante presencia policial y seguía canturreando. Si alguien pasaba cerca de él, pegaba un grito. No se veían por ninguna parte las chicas que solían estar en esas calles. Seguramente deambulaban ahora por Sønder Boulevard o a la esquina de Ingerslevsgade.
Bajo los incisivos haces de los