Podemos hablar del sufrimiento, escribir del dolor: nos puede ayudar a salir de los abismos, la escritura, a emular las voces que no se han pronunciado –en la más oscura oscuridad, fingir la voz del padre, buscar su luz–, a adivinar el atajo que te aleja del infierno o a quedarte ahí, a querer quedarte en el infierno un poco más. Leemos sobre lo que nos da miedo. Escribimos de lo que nos estremece. Nos fascina lo terrible. Lo macabro, feroz, sanguinolento. Insistimos en nosotros, en las propias historias, porque, aunque deseamos olvidar, no soportamos que nos olviden. Escribimos para decir que hemos escrito, no por el deseo de escritura: queremos demostrarle al mundo que pudimos sobrevivir. Anhelamos ser míticos, legendarios, sobrehumanos