Elimane era un amante maravilloso, atento, imaginativo, fogoso, infatigable y sediento, brusco cuando tocaba, dulce cuando era necesario, y ponía una gran intensidad en cada uno de nuestros encuentros. Su mirada durante el acto te hacía sentir que te confiaba su alma. Sabía hacer ciertas cosas..., cosas que pocos hombres saben hacer... o se atreven a hacer. O imaginan hacer. Se habría..., sí..., se habría dicho que mientras hacía el amor se transformaba en un viento suave, o en agua caliente, o tibia, y que te entraba por el vientre, por el sexo, por todo el cuerpo. Te inundaba. Y su crecida subía hasta el cielo.