Me preguntas acerca de los libros
de superación personal.
A mí,
que creo en la capacidad de vuelo
de una rama. En la resistencia
de una mosca a otra, sobre el papel atrapamoscas.
Que creo
en el sueño de salvarse
y de salvarnos;
y en los holanes entregados de abuela y su imaginaria popelina.
Pues bien.
Yo busco un libro de superación personal
que me enseñe a desanudarme la corbata.
Que me explique lo que pasó
en los dientes de aquel chico
después de su primera eyaculación, y lo prevenga:
en los vidrios de agua rota
que sólo pensaban en bañarse, en quitarse el mar
y volver al útero seco, limpio, de las sábanas.
Un libro que hable por mí, con mi madre,
y le diga que un hijo gay no es un hijo roto. Y que una persona
no se puede pegar con resistol blanco y paciencia.
El corazón del pollo no regresa al pollo
aunque el niño le pida a abuela que lo regrese.
Un libro de superación personal
que pudiera ser armadura contra las piedras y los penes del colegio.
Que te quite lo muchacha
y te enseñe los registros de una barba al ras.
Y cosas más simples
como doblar el papel higiénico
para limpiarte adecuadamente la joven soledad del culo.
El cómo sonarte la nariz delante de la gente.
Las técnicas de un beso seguro,
sin salivar como un bisonte;
los modos correctos para hablar con un pene
o una vagina.
Porque debería haber alguien
que te enseñe a ir viviendo limpio.
Cada etapa.
Las muertes que dejan puntitos en los ojos
de un niño de 10 años.
El lodo blanco, pegajoso,
que se seca como una tiniebla, como un grito,
como una sentencia de reformatorio que grita tus 13 años.
Y el vello púbico
que siempre nos mueve de lugar la conciencia, y la cambia, y la rasura, y la regresa
con el hocico roto y sin dos dientes.
Y los malditos cuarenta años.
Que te diga que para todos es igual. Todo.
Para que esta cosa, esta poquedad, tan breve,
se lleve lo mejor posible.